Sin tener una referencia de su persona, me senté a platicar con Pepe Alba en una mesa de La Posada del Virrey, un caldero de políticos ávidos de promoción y de reporteros por cumplir la cuota de notas del día. Me habló con entusiasmo de la gestación de un periódico y que tenía el apoyo de empresarios, de la familia Nava y de otros actores políticos y sociales, las fuerzas progresistas en escena.
El proyecto se asumía libre de ataduras desde antes de nacer: distante del gobierno y cercano a los lectores, de ese postulado venía el nombre de El Ciudadano. En una reunión posterior, acepté su invitación a integrarme a una de las comisiones que se formaron, la encargada de redactar el código de ética, era necesario normar el trabajo periodístico, evitar distorsiones y conflictos de interés. Solo asistí a una sesión, la persona que estaba al frente no tenía idea de lo que es el periodismo y menos de la ética; no era periodista sino burócrata y parecía que su propósito era impedir el alumbramiento de El Ciudadano.
A Pepe Alba le expuse las razones por las que no podía regresar a esa comisión, no me ofreció una alternativa y me alejé del proyecto. Pasó el tiempo y la casualidad nos volvió a juntar. El Ciudadano tenía ya unos días en circulación, me dijo que tenía problemas, los editores con los que él había trabajado en El Sur de Guerrero, con experiencia y una aportación inicial importante, decidieron que el periódico no saldría los domingos para que pudieran descansar los sábados, y a los editores potosinos que ellos mismos habían enseñado para suplirlos, no los consideraron capaces de hacer la edición.
En ese contexto, me ofreció la subdirección del periódico, la propuesta me inquietó, yo tenía 28 años, los temores intentaron nublarme el juicio pero acepté su oferta, una oportunidad laboral inmejorable para mi desarrollo periodístico. Ya en su oficina, coincidimos en que un diario tiene que salir todos los días de la semana y que los editores potosinos podían realizar la edición dominical y de cualquier otro día, como así fue. Desde las primeras jornadas me percaté de su liderazgo y olfato periodístico, de su trato de iguales a todo el personal; era agudo, audaz y cáustico.
Tenía resuelta solo una de las dos cosas que se requieren para tener un periódico: una plantilla de reporteros, en su mayoría egresados de Ciencias de la Comunicación de la UASLP, y durante seis meses se les preparó con el apoyo de periodistas y literatos para redactar con claridad, distinguir los géneros periodísticos, lograr un equilibrio informativo y no dejar de cuestionar al poder; también se contó con fotorreporteros y un cartonista que redondearon la propuesta editorial; y la otra parte, la empresarial, estaba construida sobre hechos futuros que no se dieron.
No se logró la independencia económica con publicidad del sector privado que fue mínima y para continuar dependeríamos de la publicidad oficial, no era deseable como única fuente de ingresos y nunca llegó por los contenidos del periódico que le fueron adversos al gobernador Horacio Sánchez Unzueta (1993-1997), que se distinguió por su talante autoritario y de corrupción. A la distancia, fue preferible que El Ciudadano dejara de circular por insolvencia económica a que terminara subordinado al gobierno.





